Hoy los cristianos católicos celebramos el trigésimo tercer domingo del tiempo ordinario.
En la lectura del Evangelio de San Mateo (25: 14-30), escuchamos la famosa parábola de los talentos.
En esta historia, un hombre realizó un largo viaje. Sin embargo, antes de ir, le dio a cada uno de sus tres sirvientes algo de dinero, llamado talentos. Al primero, le dio cinco talentos, al segundo le dio dos talentos, y le dio un talento al tercer sirviente.

Después de un largo tiempo, el maestro regresó y recibió un informe de cada uno de los tres servidores. El primer sirviente, que había recibido cinco talentos, informó que había duplicado el dinero de su amo. El segundo sirviente informó que él también había duplicado el dinero que su amo le había confiado. El maestro estaba muy contento con estos dos sirvientes y les dijo a cada uno de ellos: “Bien hecho, mi buen y fiel servidor”. Como fuiste fiel en asuntos pequeños, te daré grandes responsabilidades. Ven, comparte la alegría de tu maestro”.

El tercer sirviente, sin embargo, no hizo nada para hacer crecer el dinero que su amo le dio. En cambio, lo enterró por miedo al maestro. El maestro no estaba del todo complacido y llamó al hombre “siervo malo y perezoso”. Le dijo al siervo que al menos debería haberlo puesto en un banco donde podría haber despertado cierto interés. Y entonces el maestro tomó el talento del sirviente y se lo dio al primer sirviente que tenía diez talentos. Entonces, el maestro arrojó al siervo perezoso a la oscuridad.

La moraleja de esta historia es que debemos usar los dones que Dios nos da, desarrollarlos y luego usarlos para edificar el reino de Dios aquí en la tierra.

Antes de analizar esto más profundo, escuchemos una historia inspiradora de una mujer que casi terminó como la sirvienta perezosa. Afortunadamente, ella terminó siendo una figura inspiradora para todas las edades. Su nombre era Helen Keller.

Helen Keller nació en 1880 en la familia de un editor de periódicos. Ella era una bebé muy alegre y saludable.

Luego, cuando solo tenía diecinueve meses, desarrolló una fiebre alta que la dejó sorda y ciega por el resto de su vida. Después de eso, su vida cambió dramáticamente.

De niña, su frustración por no poder expresarse se volvió insoportable. Lanzaba salvajes rabietas cuando no se salía con la suya, y sus modales en la mesa eran terribles. Se negaba a preocuparse por sí misma y, a veces, actuaba  como una animal salvaje y no como un ser humano. Ella era conocida por sus frecuentes ataques de patadas, gritos y por la noche mordiendo a otros, etc.

Hacía muchas travesuras a las personas como encerrando a las personas en sus habitaciones, escondiendo llaves y sacando manteles de mesas llenas de platos al piso. Algunas personas pensaban que ella estaba mentalmente enferma y debería estar confinada en una institución mental.

Finalmente, antes del séptimo cumpleaños de Helen, la familia de Helen contrató a una tutora privada llamada Anne Sullivan. Anne tenía veintiún años y se graduó en la parte superior de su clase en la Escuela Perkins para Ciegos en Boston. Ella estuvo cercas de quedarse ciega, pero los médicos pudieron restaurar la mayor parte de su vista. Ahora ella quería ayudar a Helen.

A principio, Helen muchas veces rascó, golpeó, mordió y pateó a Anne, Incluso rompió dos de los dientes de Anne. Sin embargo Anne, no se dio por vencida

 

El gran avance de Anne llegó cuando pudo enseñarle a Helen el alfabeto manual, un lenguaje de señas que uno puede sentir. De pronto, Helen pudo comunicarse, y entonces no hubo nada que la detuviera.

En 1890, Helen se inscribió en la Institución Perkins para Ciegos, y comenzó a tomar clases de oratoria en la Escuela para Sordos Horace Mann.

Con la ayuda de Anne, Helen incluso se graduó de Radcliffe College en 1904 y escribió “La historia de mi vida” cuando aún era una estudiante.

Pronto, Anne y Helen comenzaron a recorrer los Estados Unidos luchando por cuestiones de justicia social del momento. Helen incluso persuadió al presidente Herbert Hoover y a su esposa de dar una recepción para la Conferencia Mundial sobre el Trabajo para Ciegos que ella había organizado.

En la Segunda Guerra Mundial, Helen visitó los hospitales del ejército, prestando especial atención a los que habían quedados ciegos. Ella describió eso como la “experiencia culminante de mi vida”.

Helen murió en 1968, y siempre será conocida como un héroe estadounidense.

Al igual que Helena y los buenos siervos en la parábola de Jesús, también nosotros estamos llamados a usar nuestros talentos. Aquí hay tres principios bíblicos para tener en cuenta.

Primero, todos nosotros tenemos dones de Dios. Como niños, exploramos lo que podrían ser estos regalos. A medida que envejecemos, descubrimos en qué somos buenos y qué nutre nuestros espíritus.

En segundo lugar, debemos desarrollar nuestros talentos. En este país, la forma más común de desarrollar nuestros talentos es a través de la educación superior. Vamos a la escuela y obtenemos los créditos  necesarios para hacer nuestros sueños realidad.

Y tercero, compartimos nuestros dones con otros, porque como cristianos católicos, creemos que todos nuestros dones son de naturaleza social. Eso significa que nunca debemos atesorar nuestros regalos, sino compartirlos y compartirlos en abundancia, especialmente con aquellos que tienen tan poco.

A medida que continuemos nuestro viaje de vida esta semana, sería una buena idea reflexionar sobre cómo usamos nuestros propios dones.

Y esa es la buena noticia que tengo para ustedes en este Trigésimo Tercer Domingo del Tiempo.

                                                                                                                                               

Story source:  Sandra McLeod Humphrey.  “Helen Keller,” in Dare to Dream! 25

Extraordinary Lives, Amherst, New York: Prometheus Books, 2005, pp. 29-32.